Perros

 Jens Eisel

Cuando conocí a Henning, tenía diecinueve años, él veintinueve. Trabajábamos en el depósito de UPS, apilábamos cajas que llegaban por cintas transportadoras a los containers. En verano, hacía un calor sofocante y en invierno, un frío de puta madre. Era un trabajo bastante de mierda. Trabajaba ahí porque dentro de todo me pagaban bien, y trabajaba ahí porque tampoco sabía qué otra cosa hacer. En esa época vivía en una casa tomada pero no soportaba a la gente. No tenía ganas de esa mierda de las asambleas de vecinos.

Cuando Henning entró, yo llevaba casi un año en UPS. Aunque no tenía problemas con los demás, no era muy amigo de nadie. La mayoría tampoco se quedaba mucho tiempo.

Estaba en el container, ocupado con las cajas, cuando de repente apareció delante de mí. Era por lo menos una cabeza más alto que yo y el doble de ancho. Tenía el pelo negro y corto.

–Hoy tengo que trabajar con vos –me dijo–. Me llamo Henning.

A Henning lo habían largado hacía poco. Estaba en libertad condicional y tenía que contactar a su tutor regularmente.

–Cuando pasen los nueve meses, me las tomo –me dijo. Estábamos en su casa y Henning armaba un cigarrillo. Era un departamento chico, de dos ambientes, con estufa a leña. Tenía las paredes llenas de dibujos: dragones, calaveras, pin up girls. Henning dibujaba cada vez que tenía un minuto libre y tenía talento.

–¿A dónde te querés ir? –le pregunté.

–A Hamburgo, ahí puedo abrir un local –dijo.

Lo primero que Henning me tatuó fue una daga; después una calavera y una telaraña. A los seis meses ya estaba bastante tatuado. Al principio nos veíamos dos o tres veces por semana, más adelante me mudé con él. A la mañana íbamos juntos al trabajo, a la noche nos íbamos de bares.

Una vez, sentados en la barra, me contó una historia que me conmovió.

–Cuando me agarraron, Barkley tenía seis años –dijo–. Yo no conocía a nadie que se lo pudiera quedar, así que tuve que dejarlo en una guardería. No puedo olvidarme de cómo me miraba. Eso solo lo podés entender si viviste con un perro alguna vez. Quiero decir, si de verdad viviste con él. Hubo épocas en las que casi no tenía un mango, no sabía de dónde sacar para el alquiler, no podía ni comprarme tabaco. Pero para Barkley siempre alcanzaba. Aunque me tuviera que morir de hambre. En esa celda de mierda, de noche, cuando oscurecía y no me podía dormir, me venían las imágenes. Yo en cana y él también. Cuando me largaron, fui directo para ahí. Y ya no estaba más.

Agarró la cerveza, tomó un trago y volvió a dejarla. Sacó un cigarrillo del atado pero no lo encendió.

–Esa mirada –dijo, y después no dijo más nada. Me hubiese gustado responderle algo, pero no se me ocurría qué. Estuvimos ahí sentados, tomando y fumando nomás, hasta que el mozo empezó a levantar las sillas y nos fuimos.

Era la primera vez que me hablaba de eso y después no volvió a tocar el tema. Pero yo me daba cuenta de que todavía le afectaba, porque siempre que veía perros se ponía raro.

Esa noche, cuando íbamos para casa, no hablamos una palabra. Llovía, pasaban autos de vez en cuando, no había gente en la calle.

Se corrió la voz de que hacía tatuajes y cada vez venía más gente. Era lindo verlo, ver cómo progresaba. Nuestra cocina se transformó en un salón de tatuajes. Al principio los hacía gratis, después empezó a cobrar. Se compró otra máquina y para cada tatuaje usaba agujas nuevas. A veces, a la noche, cuando ya me había acostado y Henning dibujaba en la cocina, seguía escuchando el ruido de la máquina. Hasta llegué a soñarlo.

Un día vino un tipo que Henning había tatuado hacía un tiempo. Le había hecho una lechuza. El tipo le sacó una foto y la mandó a una de esas revistas. No era muy grande, pero apareció ahí, entre los otros motivos.

–Me parece que a la mierda con Hamburgo –dijo Henning, cuando el tipo ya se había ido. Tenía la revista sobre la mesa frente a él. Pasaba las páginas.

–Me parece que me alquilo un localcito y podemos empezar algo los dos.

Esa noche queríamos salir a festejar. Fuimos a uno de esos pubs del centro a emborracharnos con tragos. Nos sentamos en la barra y pedimos de todo. Al principio me sentí incómodo entre toda esa gente, pero con el tiempo mejoró. Aunque el local estaba lleno, en la barra solo estábamos nosotros dos. Desde ahí se podía ver la calle a través de unos ventanales.

Había bastante movimiento. Los camareros llevaban camisas blancas y delantales negros, iban haciendo equilibrio por el salón con bandejas rendondas y vasos de todos colores. Me acuerdo todavía de que en ese momento pensé que todo iba a cambiar.

Hablamos de muchas cosas esa noche, pero sobre todo hablamos del local. De cómo íbamos a decorarlo, del nombre.

–¿Qué te parece “Tatuado fino”? –dijo él y tomó un sorbo.

–O “Sangre y tinta” –me reí. Inventamos los nombres más ridículos, tomamos, fumamos.

El local se fue vaciando, solo quedaban algunas personas sueltas en las mesas. También la calle estaba más tranquila.

Serían las dos o las tres, cuando apareció el tipo. Venía con una mujer y un perro, llevaba un abrigo y un traje debajo. Era bastante alto, un metro noventa seguro. La mujer estaba muy maquillada. Se sentaron en una mesa cerca de la barra, el perro se quedó parado al lado. Era negro, mestizo y tenía el hocico gris.

–Sentado –dijo el tipo del traje, pero el perro se quedó parado.

Henning lo miró.

–Echate de una vez –dijo un poco más fuerte, pero el perro no se movió. El tipo lo agarró de la oreja, el perro aulló y al final se echó. Pero al poco tiempo se volvió a parar, ahora debajo de la mesa.

–¿Vamos yendo? –le pregunté a Henning, que miraba hacia la mesa. Revolvía su trago con un sorbete.

–Henning –dije, pero fue en vano. Y después escuché cómo el perro aullaba otra vez. Henning seguía mirando fijamente la mesa y él tipo debió darse cuenta en algún momento, porque se levantó y vino hacia donde estábamos.

–¿Algún problema? –dijo.

Henning le dio directo en el ojo. El tipo se tambaleó de un lado a otro y antes de que pudiera recuperarse, Henning le volvió a pegar. Esta vez se cayó al piso. Solo puedo acordarme de cosas sueltas, inconexas. De la mirada de la mujer, de la cara del tipo llena de sangre. Recuerdo que de repente se hizo silencio en el local. Algunas personas se levantaron y se fueron. Henning estuvo todo el tiempo apoyado en la barra, inmóvil. Al rato llegaron los canas y una ambulancia. No sé bien cómo volví a casa, pero me acuerdo de la sensación cuando me senté en la cocina entre todos los dibujos. Aunque hacía frío no encendí la estufa. La revista todavía estaba sobre la mesa.

Esa fue la última vez que hicimos algo juntos. Al principio lo iba a visitar a la cárcel, pero en algún momento dejé de ir. Después renuncié al trabajo en UPS y me mudé a Hamburgo, pero ahí tampoco me sentí a gusto. Ahora vivo en Berlín.

Lo último que Henning me tatuó son dos golondrinas. Una vuela hacia la otra y con los picos sostienen un pergamino. El tatuaje no está terminado, le falta color y el pergamino también está en blanco.

 

***

“Perros” (original: “Hunde”) forma parte de Hafenlichter (Piper, 2014). Lo reproducimos aquí con el cordial permiso de la editorial.

Versión original en alemán

Foto: Jens Eisel

Jens Eisel nació en 1980 en Neunkirchen/Saar y ahora vive en Hamburgo. Se formó como cerrajero y trabajó en rubros muy variados. Estudió en el Instituto de Literatura Alemana de Leipzig. En 2013 fue finalista del premio de literatura Prenzlauer Berg y con el cuento “Glück” ganó el festival Open Mike. Su primer libro de cuentos Hafenlichter (Piper, 2014) fue reconocido con el premio al debut literario del año y el premio de la Asociación de Escritores Alemanes Rheinland-Pfalz/Saar.

http://jenseisel.de/autor/

 

 

 

 

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